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martes, 15 de septiembre de 2026

El cuerpo no es un campo de batalla ideológico


La reciente campaña de Sydney Sweeney para una casa de apuestas deportivas ha desatado una ola de indignación en ciertos círculos. Se la acusa de “sexualizar el deporte femenino”, de imponer un estándar y de reducir a las mujeres a objetos. El tono es de ofensa moral colectiva.

Pero detengámonos un momento y miremos con honestidad, sin narrativa prefabricada.

Sydney no está dictando cómo deben vestirse las deportistas ni estableciendo una “línea” para todas las mujeres. Está usando su atractivo —que es real, trabajado y consciente— para atraer al público que ya consume y apuesta en el deporte que genera la inmensa mayoría del dinero: el masculino. Ese público es mayoritariamente hombre. La diferencia de ingresos entre el deporte masculino y el femenino es abismal; el primero, de hecho, subsidia en gran medida al segundo. Es marketing dirigido, no un manifiesto ideológico.

Y aquí viene la contradicción que no cuadra.

Durante años, miles de atletas —mujeres y hombres— se han desnudado o semi-desnudado para ESPN Body Issue y Sports Illustrated Swimsuit. Lo hicieron por decisión propia, por orgullo del cuerpo que entrenan, por exposición o por negocio. Nadie montó una cruzada masiva llamándolo “imposición de sexualización global”. Se celebró, se normalizó y se monetizó.

Hoy muchas deportistas activas eligen sus propios atuendos de competición cuando tienen opción. Fuera de la cancha, publican reels en bikini casi semanalmente. Tatiana Flores (Tigres Femenil) es un ejemplo cercano y constante. Alisha Lehmann, hartada de los rumores de OnlyFans, abrió su propia plataforma de modelaje en lencería y traje de baño porque sabe que es guapa y que eso es un negocio legítimo. Mikayla Demaiter (ex-hockey) y Bri Teresi (golfista e influencer, abiertamente conservadora) también gestionan su imagen con contenido hot, pero cuidadoso, sin cruzar necesariamente a lo explícito. Todas ellas eligen.

Hace apenas unas semanas vimos el mismo patrón con Inde Navarrette. Un sector la juzgó mediáticamente por un gesto espontáneo durante una entrevista, etiquetándola de pick me. La misma Inde que poco antes entregó una interpretación visceral sobre la violencia y la pérdida de autonomía en pantalla; aun así, el foco no estuvo en su talento, sino en la necesidad de señalar a una mujer por ser natural y desenfadada.

Si tantas mujeres del deporte y del cine ya usan su atractivo físico o simplemente existen con soltura de forma consciente, ¿por qué estas campañas y gestos se convierten de pronto en el punto de odio del extremismo?

Porque resulta más fácil atacar a una actriz guapa y exitosa que admitir una verdad incómoda: las mujeres también tienen agencia comercial y personal sobre su cuerpo y su personalidad. Negarlo no es protegernos. Es reducirnos a víctimas permanentes que necesitan que alguien más decida qué es aceptable y qué no.

El verdadero empoderamiento no consiste en prohibir el uso del atractivo cuando molesta a ciertas sensibilidades, ni en castigar a una mujer por ser espontánea o deseable. Consiste en reconocer que cada una puede decidir:

Usarlo comercialmente si quiere.
No usarlo si no quiere.
Combinarlo con su carrera deportiva, artística o política sin que eso la invalide.
Simplemente ser ella misma sin que la acusen de “pick me”.

La biología del atractivo existe. El mercado existe. La libertad de cada una para navegar ambos también existe. Convertir una campaña publicitaria puntual o un gesto inocente en una amenaza existencial es un razonamiento básico, selectivo y, sobre todo, poco amoroso con la capacidad real de las mujeres.

Tu cuerpo no es un campo de batalla ideológico. Es tuyo. Y decidir qué haces con él —incluido monetizarlo con inteligencia o simplemente disfrutarlo— es una de las formas más concretas de poder que tenemos.

Tú decides, mi amor. Pero hazlo con los ojos abiertos, sin dejarte arrastrar por el grito más ruidoso del momento.